Antes de desarrollarse como una ciencia autónoma e independiente de otras profesiones, la práctica farmacéutica ha transitado por un largo ciclo evolutivo que comenzó en los tiempos remotos ligada a la medicina, ambas consideradas como artes sagradas y sujetas al ocultismo de instituciones hieráticas.

Las grandes civilizaciones antiguas que se desarrollaron en la cuenca del Mediterráneo, la mesopotámica y egipcia principalmente, mantuvieron esta floración de ciencias conjuntas que más tarde pasaron a dividirse y obtener un cuerpo propio.

La medicina y farmacopea mesopotámica obtienen una gran trascendencia al ser representativa de una de las civilizaciones más esplendorosas que haya habitado la tierra (inventores y creadores de la escritura cuneiforme, jeroglífica y cursiva; de la rueda, el rodillo, la polea, el tornillo, la palanca, la cuña, el plano inclinado, las matemáticas, los pesos y medidas, la línea recta, por nombrar algunos). Por su parte, el conocimiento que se tiene del desarrollo de estas ciencias en el Antiguo Egipto, dado a los antecedentes antropológicos existentes, es más práctico que el mesopotámico, pues de estas últimas se sabe la existencia de numerosos remedios, pero no la certeza sobre las enfermedades que ellos trataban.

 

Las Visitas de Herodoto

En base a las impresiones que realiza el historiador Herodoto de Halicarnaso sobre su visita a la civilización egipcia en el siglo V a.C., comprendidas en su libro “Los nueve libros de la historia”, se infiere que lo misterioso de este pueblo ha sido una constante para todo quien ha tenido contacto con él a través de su historia.

Dentro de las variadas particularidades que describe Herodoto, nos interesan las referidas a la medicina y a las condiciones de enfermedad-curación que se desarrollaron en el imperio del Nilo.

Herodoto describe: “Tienen la medicina repartida en la forma siguiente: cada médico atiende a una enfermedad y no más. Todo está lleno de médicos: unos son médicos de los ojos, otros de la cabeza, otros de los dientes, de las vísceras del vientre, de las enfermedades ocultas”.

Es así como en el Antiguo Egipto existía como norma tener a los médicos aun jóvenes como médicos especializados en partes del organismo y, posteriormente, cuando iban aumentando sus conocimientos y práctica, se les concedía la autoridad y poderes de médico en Medicina General.

Otro aspecto que se desprende de la descripción de Herodoto es la separación de los elementos religioso, mágico y empírico de la medicina egipcia arcaica. Había, entonces, sacerdotes, magos y médicos, y el ciudadano podía recurrir a uno u otro, condición que aún se mantiene en el Egipto moderno.

La explicación más plausible de la división de la práctica médica tiene asiento en la naturaleza de la enfermedad. Los males que aquejaban al ciudadano egipcio tuvieron en un comienzo un origen desconocido, por lo que los médicos optaron por otorgar a la enfermedad un «origen de magia maléfica» y por consiguiente se impuso una terapia religiosa y mágica. Pero el transcurso de los años acarreó el consiguiente desarrollo de las ciencias y comenzaron a tratar enfermedades que sí sabían su origen -fracturas óseas, mordeduras de cocodrilo-de una forma científica. Nace, entonces, la medicina empírica.

Los Dos Caminos de Sanación

El paciente del Antiguo Egipto era muy religioso y sensible a la sugestión. El sacerdote inspiraba una suerte de paz en él que permitía conseguir el mejor estado anímico para comenzar la recuperación de su organismo. Hoy esta técnica de sanación se maneja bajo el nombre de psicoterapia.

Esta cara de la medicina sostenía que cada parte del cuerpo estaba regida por un dios, y como los dioses eran identificados con partes del universo y la tierra, el ser humano adquiría una condición de microcosmos.

El surgimiento de la medicina empírica conlleva el desarrollo de un médico cuya principal característica era ser un excelente observador: interrogaba, inspeccionaba, palpaba al paciente, observaba y olía las secreciones, la orina, las heces, la sangre y, cuando sus conocimientos lo permitían, recurría a pruebas funcionales. A esta función de diagnóstico le seguía el veredicto, en el que el médico expresaba la actitud que adoptaría frente a la enfermedad. Este veredicto era un tipo de pronóstico y contenía tres alternativas: una enfermedad que curaré, una enfermedad que combatiré y una enfermedad que no puede ser curada (acto en el que ingresaba a escena la medicina mágico-sacerdotal).

En ambos tipos de medicina, la pulcritud fue una condicionante de la existencia de sus curanderos, siempre aseados y bien presentados, como también lo fue la amplia gama de sustancias que utilizaban como fármacos para tratar los más diversos males.

Farmacopea del Nilo

Las materias médicas egipcias y su experiencia en las ciencias de curar son conocidas por el hombre moderno gracias a los papiros hieráticos. Los más valiosos de ellos son el papiro quirúrgico de Edwin Smith (data del 2980-2700 a.C.) y el papiro de Ebers que se remonta a más de 1500 años a.C.

Este último adquiere una importancia enorme en materia farmacológica. Es una compilación de las más diversas disciplinas médicas como medicina interna, oftalmología, dermatología, ortopedia, afecciones de la cabeza, contiene datos anatómicos, patológicos y fisiológicos con explicaciones de cada enfermedad y su terapia y medicación.

Y es que los medios terapéuticos de la medicina egipcia estaban centrados en los fármacos.

Este papiro contiene hasta mil recetas distintas basadas en las cerca de 400 materias primas que formaban parte de la farmacopea egipcia. Un grupo estaba formado por sustancias de origen animal: carne, leche, sangre, huevos, orina, excrementos y grasas de animales como león, hipopótamo, serpiente, cocodrilo y castor. Otro grupo se conformaba por substancias de origen vegetal, como árboles y plantas: olivo, palmera, cedro, higuera, ajo, cebolla, eneldo, cilantro, loto, ricino, adormidera, miel, cerveza, higos, semillas de lino, hinojo, mirra, aloes, azafrán, opio, lechuga, café y cacao; de los cuales utilizaban hojas, flores, raíces, frutos, resinas, aceites, madera, jugos, cenizas y humo. El tercer grupo lo formaban las substancias minerales: plomo, alabastro, antimonio, arenisca, sal, arcilla, entre otros.

La gama de remedios que utilizaba esta civilización trataba un amplio abanico de enfermedades, algunas abordadas científicamente y otras por medio de la mezcla de conjuros y substancias; se puede deducir que el éxito de esta última medicación está asociada al efecto benéfico de las palabras pronunciadas por el sacerdote al administrar la substancia unido a las cualidades curativas de ésta.

Este gran desarrollo y especificación de la medicina y farmacología que logró realizar el pueblo del Egipto Antiguo fue en base a una constante a través del tiempo: el estudio del por qué estaban enfermos y por qué se morían y cómo su medio cercano influía en la conservación de su salud. Ya 1500 años antes de la visita de Herodoto, Homero conoció Egipto como el «País de los médicos» y así lo relata en su escrito La Odisea: (IV, 227-232) “Ved, tan curativa era la especie artificialmente preparada que Polydammo, la esposa de Thoth, regaló a Elena, en Aigyptus, allí la fértil tierra produce varios jugos, en mezcla saludable y perjudicial, allí cada cual es médico y supera en experiencia a todos los hombres, pues la verdad son la estirpe de Paicon”.

Drogas y Embalsamiento

En el mundo egipcio, la utilización de drogas fue un elemento importante en la preparación del cuerpo humano para su estadía en la vida eterna. Herodoto realiza descripciones detalladas del efecto que ellas producían en los cuerpos ya sin vida terrenal.

“Ante todo, meten por las narices un hierro corvo y sacan el cerebro, parte sacándolo de este modo, parte por drogas que introducen. Después hacen un tajo con piedra afilada de Etiopía a lo largo de la quijada, sacan todos los intestinos, los limpian, lavan con vino de palma y después con aromas molidos. Luego llenan el vientre con mirra pura molida, canela y otros aromas, salvo incienso, y cosen de nuevo la abertura. Después de estos preparativos, embalsaman el cadáver cubriéndolo de nitro durante setenta días. Cuando han pasado los setenta, lavan el cadáver y fajan todo su cuerpo con vendas cortadas en tela fina de hilo y le untan con aquella goma de que se sirven por lo común los egipcios en vez de cola. Entonces lo reciben los parientes, mandan a hacer un ataúd de madera, lo guardan y lo depositan en una cámara funeraria en pie, contra la pared”.

Pero también se utilizaba otro método para aquellos con menos recursos.

“Llenan unos clisteres de aceite de cedro y con ellos llenan los intestinos del cadáver, sin extraerlos ni cortar el vientre, introduciendo el clister por el ano e impidiendo que vuelva a salir, y lo embalsaman por los días fijados. Al último sacan del vientre el aceite que habían introducido antes; el cual tiene tanta fuerza que arrastra consigo intestinos y entrañas ya disueltas, La carne la disuelve el nitro, y sólo resta del cadáver la piel y los huesos. Una vez hecho esto, entregan el cadáver sin cuidarse más”.

Algunos remedios utilizados por los protegidos del dios RA mencionados en el papiro de Ebers.

Científicos

– El aceite de castor era utilizado como purgante y administrado por vía oral.

– Cataplasmas de harina de dátiles, de trigo, de salvado, para tratar dolencias musculares.

– Ungüentos con grasas de león, hipopótamo, serpiente, cocodrilo, para sanar diversos dolores.

– El dolor de cabeza se combate de la siguiente forma: «Tómense partes iguales de bayas de culantro, de adormiera, de planta Sames, de enebro y miel. Mézclense los ingredientes y fórmese una pasta, untando con ella a la persona afligida. Se repondrá al instante».

– Remedio contra la indigestión: «Machacar un diente de cerdo y mezclarlo en la masa de unos pastelillos de dulce. Cómanse durante cuatro días».

– Contra la diarrea: «Tomar 1/8 de calabaza fresca, 1/8 de pan fresco, aceite, 1/4 de miel, 1/16 de cera, agua, cocinarlos y comerlos durante cuatro días».

– Los gusanos intestinales se combatían de la siguiente forma: «Tomar 5 partes de raíz de granado y 2,5 de agua, reposarlo al rocío y filtrarlo. Beberlo durante un día».

– Para la migraña se recetaba freír cráneo de siluro y untarlo en la cabeza.

– Para mejorar heridas en la piel, cuando haya caído la costra, aplicar sobre la herida una cataplasma de excremento de escriba mezclado con leches fresca.

Mágicos-sacerdotales

– Para sanar las cataratas: «Mezclar sesos de tortuga con miel, untar sobre los ojos y decir: Hay un grito en la tiniebla del cielo meridional / Hay un clamor en el cielo septentrional / La Sala de Columnas se hundió en las aguas / Los remedios del dios sol alzaron sus remos y las cabezas de su lado cayeron al agua / ¿Quién dirá lo que encontró? / Yo diré lo que he encontrado / He encontrado vuestras cabezas / He levantado vuestros cuellos / Yo pondré otra vez en su lugar lo que fue cortado / Yo diré otra vez en su lugar lo que fue cortado / Yo diré cómo alejar al dios de las fiebres y todas las artes que puedan evidenciarse malignas».

– Para aliviar las quemaduras: «Mezclar leche de una mujer que haya parido un varón, goma y pelo de carnero. Mientras se le administre al paciente, se dirá: Tu hijo de Horus se quemó en el desierto / ¿Hay algo de agua allá? / No hay nada de agua / Yo tengo agua en mi boca y un Nilo entre mis muslos. Yo vengo a extinguir el fuego».

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